Cuando era niña, solíamos pasar las Navidades en la casa grande. Adornábamos un pino del patio con cintas de papel brillante y colgábamos de las ramas muchas cajitas de fósforos y de remedios forradas con papeles de regalo. Adentro, pegábamos guirnaldas navideñas en las ventanas y llenábamos la mesita del living con pasto seco para poner las figuras del pesebre.
Solíamos llegar a la casa grande uno o dos días antes de Navidad, lo que nos daba tiempo suficiente para arreglar nuestro árbol. A veces también preparabamos obras de teatro con historias que nosotros inventábamos y que ensayábamos escondidos en el viejo gallinero, para que los adultos no nos vieran. Le habíamos enseñado a Dunga, el perro de la casa, a dar tres ladridos cuando alguien se acercaba; entonces fingíamos jugar a los disfraces o a construir, hasta que entraran nuevamente a la casa.
El gallinero -que en realidad era un cuarto de madera que con el tiempo tuvo diversos usos: pieza de herramientas, bodega, gallinero, invernadero y dormitorio de Dunga cuando apenas había llegado a la casa- fue nuestro cuarto de operaciones por varios años. Ahí escondíamos los disfraces, las galletas que nos robábamos de la cocina -que constituían el almuerzo del equipo de trabajo- y la escenografía, aunque a veces mi tía Alicia -que era la dueña de casa y hermana de mi abuelo- nos quitaba las cosas con las que construíamos el telón del escenario, alegando que no podíamos usar sus manteles gruesos en nuestros inventos.
El día de la presentación ordenábamos las sillas en una hilera en medio del comedor, una al lado de la otra, para que todos los del público vieran bien y nadie reclamara porque el de adelante le tapaba la vista; aunque entre nos, siempre nos preocupabamos de que mi Tata se sentara el la silla del centro y que tuviera en las manos al niño Jesús del pesebre, porque ellos dos eran los festejados.
A un costado del comedor estaba nuestro escenario. Era un espacio un poco más alto que el resto de la casa, al que se subía por medio de un escalón. Desde ahí se llegaba al dormitorio de mis tíos, a la pieza de mi prima y a un baño chico, que en estas fechas se transformaba en nuestro camarín y al que le pegábamos una estrella de cartulina amarilla grande en la puerta, para indicar que ahí sólo entraban los artistas, o sea, nosotros.
Antes de empezar el show sorteábamos quien sería el presentador de ese año, el que además tenía que leer el discurso de cierre y era el encargado de anunciar que apagaran las luces. Esa era la señal para que alguno de mis primos, que casi siempre era el Toño o la Fabi porque eran los más grandes, salieran desde atrás del telón con la torta y una vela con forma de bota encendida en el medio del pastel, para cantarle el Cumpleaños Feliz a mi Tata.
Después de la comida partiamos a la plaza, para ver quién veía primero las luces del trineo del Viejo Pascuero. A veces lográbamos verlo, pero aunque corrieramos muy muy rápido de regreso a la casa y le dejáramos claro a Dunga que no lo dejara salir, Él siempre lograba dejar los regalos y escapar, antes de que nosotros llegáramos...
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